ANDRÉS NEUMAN
Andrés Neuman es novelista, poeta y columnista
Así fue. Era ya. Era el momento del momento. El presente del futuro. La hora exacta que los terroristas invisibles habían señalado para actuar.
Todo transcurría según lo previsto. En el cielo lucía un sol tridimensional. El viento subrayaba la energía. Los teleféricos hidráulicos atravesaban puntualmente el horizonte. Los ciudadanos reiniciaban sus conciencias como cualquiera mañana, activaban sus bostezos y actualizaban sus índices de cafeína. Los perros digitales movilizaban sus rabos. Las tiendas virtuales empezaban a contestar los pedidos. Nada nuevo, nada viejo.
Agazapados en línea, ocultos en sus «nicks», listos para sembrar la desgracia, los terroristas invisibles acariciaban sus ratones. La cuenta atrás corría como un veneno.
De repente, sin demora, sin estruendo, las luces se apagaron. Todas. Al mismo tiempo. Haciendo un leve clic. Se apagaron las luces en cada comunidad económica, en cada ciudad flotante, en cada hogar del planeta. Los monitores anochecieron. Los buscadores se quedaron vacíos. Las cuentas personales se borraron. Los juegos de los niños quedaron suprimidos. Los amantes cesaron sus descargas. Los microteléfonos extraviaron la señal. Las actividades bursátiles se interrumpieron. Las operaciones quedaron abortadas. Los medios de transporte frenaron de golpe o aterrizaron a ciegas. Los puentes entre mares se llenaron de gritos. Sin demora, sin estruendo, la civilización entera quedó temblando al aire igual que la ropa limpia.
Una gigantesca hambruna
A partir de aquel instante, nada repararía nada. Por supuesto, las células gubernamentales podrían deliberar con urgencia en asambleas extraordinarias con presencia física. Las centrales intercomunicativas podrían empezar a reinstalar lentamente sus recursos, o al menos a intentarlo, en espera de los rescates técnicos. Las unidades policíacas podrían recuperar como pudieran sus bases de datos y emprender exhaustivas persecuciones. Los circuitos judiciales asociados podrían desplegar implacables medidas simultáneas. Los causantes del mal podrían ser detectados, analizados y eliminados en el acto. Oh, sí.
Pero el daño inmediato, la devastación sistemática, la catástrofe global, ya estaban consumados. Por lo demás, de poco iban a servir las represalias. Milésimas después de cometer su pulcra fechoría, los terroristas invisibles habían desconectado sus propios órganos, entregando sus cuerpos al vacío monóxido.
El resto de la historia es conocida por todos. O debería serlo, si las malditas escuelas han funcionado como es debido.
Las federaciones geopolíticas volvieron a fundarse una por una con un orden diferente, reseteando los mapas. Las reservas alimentarias fueron salvajemente subastadas al mejor postor, causando en la población mundial la gigantesca hambruna que exterminó («seleccionó», matizaría al año siguiente el coordinador general de las Federaciones Unidas) a dos tercios de las clases bajas («débiles», las denominaría el coordinador).
Una sociedad en blanco
Para cuando los núcleos hospitalarios lograron controlar la vertiginosa cadena de epidemias virales, eran contadas las familias que no tuviesen bajas. Las eminencias científicas acordaron celebrar un histórico foro unitario en A-8, núcleo urbano equidistante de las grandes capitales, trasladándose hasta él de las maneras más insospechadas.
La cultura global transposmoderna, según narran los antiguos códices, no corrió una suerte menos drástica. Inutilizados los programas básicos, incapaces de leer un solo archivo de texto, despojados de cualquier testimonio escrito, todos y cada uno de los ciudadanos supervivientes, incluidos los más eruditos, debieron enfrentarse a una inédita certeza: ahora, en términos prácticos, volvían a ignorarlo todo. Se habían quedado, por así decirlo, sofisticadamente en blanco.
Por eso, cuando los comités de alerta emitieron obsoletos comunicados radiofónicos con las primeras estimaciones oficiales (una década como mínimo para reconstruir las bases tecnológicas prioritarias, dos décadas o acaso tres para alcanzar un rendimiento óptimo), los más clarividentes comprendieron que la humanidad no podía esperar tanto.
Fue así, y no de otro modo, como aquel memorable grupo de poetas concibió la luminosa idea a la que hoy tanto le seguimos debiendo. Y fue así como seis o siete valientes decidieron peregrinar a los desguaces, depósitos y plantas de reciclaje más cercanos. Juntaron maderas, hierros, plásticos, engranajes. Reunieron desechos orgánicos, restos químicos, líquidos tóxicos. Trabajaron día y noche como obreros, como hormigas, como náufragos, para ofrecerle un pequeño salvavidas al mundo. Al cabo de unos meses obtuvieron la extraña maravilla, el ingenio que cambiaría para siempre nuestra historia. Lo llamaron imprenta.
«Era el momento del momento, la hora que los terroristas habían señalado para actuar.» (Foto: SXC)
«Agazapados en línea, ocultos en sus "nicks", los terroristas invisibles acariciaban sus ratones.» (Foto: SXC)
«Sin estruendo, las luces se apagaron. Todas. Al mismo tiempo. Haciendo un leve clic.» (Foto: SXC)
«Los monitores anochecieron. Los buscadores se quedaron vacíos.» (Foto: SXC)
«Las federaciones geopolíticas volvieron a fundarse una por una con un orden diferente.» (Foto: SXC)
«Reunieron desechos orgánicos, restos químicos, líquidos tóxicos. Al cabo de dos meses obtuvieron la extraña maravilla.» (Foto: SXC)