Un banquillo en permanente renovación

Casi un millar de alumnos ha pasado por la Escuela de Prácticas y el Máster de ABC desde abril de 1987, cuando el periódico inauguró sus ciclos formativos

MIGUEL ÁNGEL BARROSO

Miguel Ángel Barroso, periodista

Miguel Ángel Barroso es periodista

OCHO DE LA TARDE de un día cualquiera de finales de la década de 1980. Una hueste de becarios se dirige apresuradamente al taller para arreglar el «barrillo», las páginas a las que les sobran líneas de texto o les falta un gráfico o una fotografía. Un maremágnum se apodera de la sala bajo el sonido de los teléfonos y las voces de los redactores y montadores. Arias, uno de los jefes del cotarro, distribuye el juego desde detrás de una mesa alargada; parece despistado, ensimismado en su mundo, pero lo tiene todo controlado, como el camarero de la vieja escuela que coge la matrícula al cliente que acaba de ingresar en el bar. Aunque aquí, en lugar de raciones de bravas o bocadillos de calamares se reparten las maquetas que han viajado por un misterioso tubo desde la Redacción y las filmaciones que, convenientemente cortadas con un cúter y untadas de cera caliente, compondrán la página.

«Caerle bien a Ovidio es esencial. Ser del Atleti, por ejemplo, es una baza»

Los becarios rebuscan entre el «barrillo» para comprobar si queda algo pendiente de su sección. Si encuentran un puzle incompleto recurren a Ovidio, factótum del taller, para que les asigne un montador. Caerle bien a Ovidio es esencial para agilizar la gestión. Ser del Atleti, por ejemplo, es una baza. El corte de líneas se hace a lo bestia (¿no se supone que al final del párrafo está la información menos relevante?) o recurriendo a la cirugía fina, eliminando una línea intermedia, pegando un punto aquí y una coma allá. El redactor jefe de cierre llega para dar el arreón final. Algunos becarios se cruzan con él con las fotocopias de las páginas en la mano, algo así como el salvoconducto que prueba que ellos ya han hecho su parte y pueden regresar a la Redacción. Entregan los papeles a sus respectivos jefes, pero no puede decirse que el trabajo esté acabado. Sólo la arrancada. Antes de la primera parada deben estar listos los primeros cambios.

A Pedro Rodríguez, corresponsal de ABC en Washington, no le es ajeno el escenario descrito. Formó parte de la primera promoción de la Escuela de Prácticas (abril de 1987) y también del primer Máster de Periodismo (enero de 1989). «No se me olvidará el día en que entré, como becario, en la Redacción de la calle Serrano», comenta. «Había un famoso colaborador que escribía para la sección de Economía. Alguna empresa le había regalado un tractor de juguete. Y montado en el trasto deambulaba por entre las mesas, donde coexistían máquinas de escribir y primitivos ordenadores. Aquel artilugio no tenía pedales pero el hombre se impulsaba con los pies exclamando: "¡Le estoy haciendo el rodaje, le estoy haciendo el rodaje!". En aquel momento no entendí nada. Pero ahora creo que aquella escena surrealista me demostró que en el periodismo existe una parte de locura creativa, de irreverencia congénita y un sentido del humor especial. Sospecho que esas cosas se han visto mermadas conforme han mejorado las herramientas. Y tengo muy claro que ya no quedan personajes y maestros como Antonio Garrido Buendía, que siempre entraba deseando paz, paz, paz..., o el inefable Luis López Nicolás o el "crack" de Ricardo Domínguez».

De lo analógico a lo digital

Pedro recuerda que hasta la histórica Redacción «se podía llegar por el camino corto, es decir, en ascensor. Pero yo siempre prefería subir por las escaleras de mármol y pasar por aquellos salones en los que me sentía inspirado, pero también un poco fuera de lugar. Un sentimiento parecido al que ahora tengo cuando reponen en televisión "Vacaciones en Roma" y le llega el turno a Julián Cortés-Cavanillas de presentarse ante la "princesa" Audrey Hepburn». Antes de buscarse las habichuelas en la capital del imperio fue asignado a la sección de Nacional (hoy España). «Tuve la "suerte" de ser destinado al turno de noche, que resultó ser mi verdadera escuela de periodismo a pesar de que vivíamos en un mundo mucho más analógico que digital. Entonces era aún posible mandar a los becarios a buscar el bote de los corondeles o a subir una bobina de papel. Creo que aunque hayan cambiado las formas, la esencia de nuestra profesión sigue siendo exactamente la misma: vivir y contar las mejores historias».

«La Escuela ha tenido 562 estudiantes y el Máster 375 graduados»

Casi un millar de alumnos han pasado por la Escuela de Prácticas y el Máster de ABC desde la primavera de 1987, cuando el periódico comenzó sus ciclos formativos; en concreto, la Escuela ha tenido 562 estudiantes y el Máster 375 graduados, incluyendo los 15 que acaban de incorporarse a la Redacción para hacer prácticas de verano después del curso lectivo. Mucho ha cambiado el trabajo de los periodistas desde los tiempos en que los jóvenes redactores tiraban el córner y corrían a rematarlo. Cuando la Escuela comenzó su andadura no existían los teléfonos móviles ni internet ni otros gadgets sin los que hoy parece imposible moverse en las procelosas aguas de esta profesión. La tecnología se ha convertido en una muleta imprescindible que impone nuevos hábitos, nuevos lenguajes y una exigencia de formación permanente.

«Hemos conocido a grandes profesionales, manejado las mejores técnicas de redacción y ampliado nuestra perspectiva multimedia», comenta Patricia Gardeu, una de las alumnas del Máster 2009-10. «Han sido muy exigentes con nosotros. Un curso absorbente y abrumador. Nuestra particular mili, bromeábamos. Pero no sólo salimos airosos, sino que ahora, inmersos en la Redacción, empezamos a ser cons cientes de cuánto nos ha aportado. Tenemos mucho que aprender aún, claro, pero ahora ya no nos frena nadie». «Se tocan muchas ramas del periodismo: la noticia más aséptica, la crónica, el reportaje, los perfiles... ¡Hemos escrito hasta novelas para ser publicadas en un entorno multimedia con hipervínculos!», cuenta su compañera Tatiana Rojas, que destaca, además, la buena relación entre los compañeros de promoción en contraste con otros años en que hubo más piques. «Los invitados han sido excelentes y con opiniones muy plurales», añade. «Corresponsales de guerra, columnistas, filósofos, escritores...». «Es indudable que en el Máster se aprende», señala Nacho Prada. «Sus horas lectivas conforman un maravilloso taller de Periodismo. Han sabido meterme el gusanillo de la curiosidad con asignaturas muy acordes a los digitales tiempos que corren y profesores que viven la profesión con verdadera vocación. La calidad humana del claustro siempre ha estado vigente con el espíritu inagotable del primer día».

Lo mejor de cada uno

En esta edición todos los alumnos son licenciados en Periodismo. Algunos, venidos de lejos, han visto la oportunidad de dar un giro a sus incipientes carreras. Así lo cuenta el argentino Martín Bianchi: «Vengo de trabajar cinco años en el gabinete de prensa de una multinacional alemana, acostumbrado a una rutina establecida. El cambio implicó dejar un empleo bien remunerado, mi querida Buenos Aires... y emprender este camino de descubrimiento: nuevo país, nueva ciudad, nuevos colegas y una profesión que estudié, pero de la que sabía muy poco. He aprendido que no hay horarios ni descansos, la calle es el escenario y las personas sus protagonistas. He empezado cubriendo el Madrid Open de tenis. Hace siete meses no lo hubiese imaginado». Otra argentina, Fernanda Muslera, se alejó de este mundillo tras licenciarse y los últimos tiempos han sido una búsqueda de esa periodista perdida.

«El Máster de ABC no sólo me ha permitido desarrollar una experiencia profesional completa y práctica, sino que también me ha reafirmado de forma inequívoca en mi profesión. Es cierto que fue exigente, por momentos estresante, y que hemos sido una especie de conejillos de Indias en el nuevo modelo multimedia que se implementa este año. La gran cantidad de horas lectivas tampoco benefició un trabajo más de calle y menos dependiente de nuestro querido amigo Google. Aunque la corresponsalía en el barrio nos enseñó que el periodista es también un buscavidas capaz de encontrar una historia digna de ser contada allí donde nadie la ve».

«Coinciden en una queja: la habitación sin ventanas. Así que dibujaron una»

«Cuando empecé no veía el final. Ahora creo que ha pasado demasiado rápido. Largas horas de clases, prácticas interminables...», apunta Cristina Durán. «Mil profesores diferentes con mil criterios distintos. ¿Qué hacer? Al final, un compendio: la argumentación de Casals sintetizada en las frases cortas de Bill Lyon, para perfilar un personaje como lo haría Diego Salazar, basándose en fuentes como Cruz Morcillo e ilustrándolo con imágenes y vídeos, como señaló Doménico Chiappe. Todo bajo la crítica mirada de un Alfonso Armada -director del Máster- que ha intentado sacar lo mejor de nosotros. ¿Lo habrá conseguido?».

Todos coinciden en una queja: el escenario, una habitación sin ventanas. Así que dibujaron una y la pegaron en la pared: al otro lado, siempre un sol reluciente, un paisaje montañoso poblado con árboles frondosos. Mejor humor. Otro «pero»: tal vez demasiada exigencia. «Acudir a clase, llevar al día los trabajos, mantener un blog y hacer de corresponsal de un distrito de Madrid. Sin olvidar que somos la primera generación multimedia de "masterópodos". Saber redactar y editar para papel, pero también para internet. Adecuar los textos, meterlos en el sistema, acompañarlos de galerías de fotos hechas por ti, montaje y edición de vídeos. ¡Una locura!», concluye Cristina.

Para Ana Fernández éste ha sido su primer contacto con el periodismo impreso. «Me quedo con el ejercicio de análisis de la información para acercar al lector una realidad que desconoce o no entiende. El curso me ha servido para coincidir con gente con las mismas inquietudes pero, sobre todo, para conocer a profesionales de ABC que nos han enseñado cómo es el día a día real de esta profesión». Moncho Veloso cree que esta experiencia no tiene nada que ver con la carrera, con la facultad o con unas prácticas de verano en un medio. «Ha sido mucho más que eso: la posibilidad de ejercer un periodismo de verdad. Creo que los quince somos hoy mucho mejores periodistas que antes de pasar por el aula del Máster».

La última promoción del Máster de ABC posa junto al director y al subdirector del curso. (Foto: ÁNGEL DE ANTONIO)

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Pedro Rodríguez, corresponsal en Washington, posa con un doble de Barack Obama. (Foto: ABC)

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Gervasio Sánchez, fotoperiodista, habló a los alumnos sobre la integridad y la ética. (Foto: ABC)

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Ramón Lobo, reportero de El País, dijo que lo más importante es contar historias. (Foto: ABC)

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Irene Lozano, columnista de ABC y ensayista, habló de cómo se escribe una buena columna. (Foto: ABC)

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Enrique Meneses, un clásico, explicó que para ser un buen periodista no hay que hipotecarse. (Foto: ABC)

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Rosa Montero, escritora y periodista, dio las claves para hacer buenas entrevistas. (Foto: ABC)

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